Se sacudieron los cimientos del Monumental. Apenas las palabras menos deseadas por los hinchas brotaron de los labios de Marcelo Gallardo, el tiempo se detuvo. El tiempo de River entró en una pausa inesperada, incómoda, indeseada. Nadie se imaginaba tan cercano este momento en Núñez. Pero llegó. El Muñeco anunció su adiós. Su despedida no es la de un técnico que se va. Plantearla en esos términos sería pasar por alto que ese técnico es el responsable de los días más felices del club. Por eso la conmoción es absoluta. Por eso, desde hoy nada será igual.
El próximo domingo, en apenas unas horas, los millonarios se abarrotarán en cada centímetro cuadrado de las tribunas del Monumental -sí, ahora su nombre es Más Monumental– para despedir al DT que les devolvió el orgullo. Será contra Central, ya con la ilusión perdida de discutirle a Boca un título que parece teñido de azul y oro. Y luego, frente a Racing en Avellaneda, donde ya no lo abrigará el calor del público que le entregó su corazón con una pasión arrolladora. Porque los hinchas superaron las fronteras y casi casi se volvieron hinchas del Muñeco. Lo amaron -lo aman- con la misma intensidad con la que aman a River.
Hoy en Núñez la gente camina con la frente en alto gracias a Gallardo. Aclaración pertinente: siempre tuvo motivos para pasear su orgullo, pues River es sinónimo de éxito. Pero de la mano del entrenador que está a punto de transformarse en pasado -glorioso pasado- se recuperó la sensación de que no había imposibles. El Muñeco llegó apenas tres años después del infierno del descenso. Las cicatrices de esos cuerpos ardidos por las humillantes llamas de la pérdida de categoría aún eran visibles. Gallardo las eliminó mágicamente.
CAMPEÓN, SIEMPRE CAMPEÓN
Con títulos -muchos títulos-, con una identidad irrenunciable, con buen fútbol y con un sentido de pertenencia absoluto, Gallardo hizo de River un gigante. Sí, es verdad, River siempre fue grande y olvidarse de eso sería un pecado mortal. Pero con el Muñeco se instaló la cultura de la victoria constante. En el inicio de cada temporada, los millonarios esperaron con convicción el campeonato que iba a llegar. Y no se trataba solo de sumar trofeos a las ya de por sí colmadas vitrinas, sino de experimentar un sabor cada vez más dulce en los triunfos que se sucedían.
El repaso de conquistas es extenuante. Copa Sudamericana 2014, Recopa Sudamericana 2015, Copa Libertadores 2015, Suruga 2015, Recopa Sudamericana 2016, Copa Argentina 2016, Copa Argentina 2017, Supercopa Argentina 2018, Copa Libertadores 2018, Recopa Sudamericana 2019, Copa Argentina 2019, Supercopa Argentina 2021, Liga Profesional 2021 y Trofeo de Campeones 2021. Expresado así, abruma. Fatiga el simple ejercicio de leer todos los títulos en voz alta. El Muñeco logró que en River nadie se cansara de ganar. ¿Acaso alguien se puede cansar de ganar? No, con Gallardo estaba prohibido.
Por esa razón las estadísticas también lo miman. El técnico cosechó 14 títulos en sus días en River. Una cifra impresionante, No existe un entrenador más aliado con el éxito. Muy lejos quedaron otros nombres sagrados como Ramón Díaz y José María Minella (cada uno con nueve cetros de campeón), Ángel Labruna, Renato Cesarini y Emérico Hirschl (todos con seis). Las comparaciones son odiosas, pero indican que nadie supo de más gloria que Gallardo.
LA FECHA PATRIA
Ganarle a Boca la finalísima de la Libertadores del 2018 en Madrid hizo del 9 de diciembre una fecha patria en Núñez. Esa hazaña fue el pico máximo de una historia plena de picos máximos. Porque a las órdenes de Gallardo la vara de River cada año se presentaba más arriba. Ese es un mérito del DT: la ambición no descansó jamás. Y menos si enfrente estaba el clásico rival.
Los triunfos sobre los xeneizes fueron varios y significativos. Sí, imponerse en un Superclásico es una experiencia única. Y con el Muñeco fue única y repetida al mismo tiempo. Vaya contradicción. Además de ese 9-12-18 eterno condujo al equipo en las victorias en Mendoza por la Supercopa Argentina de ese mismo año cuando se intuía el fin de un ciclo triunfal que jamás terminó, en la semifinal de la Sudamericana de 2014 con el golazo de Leonardo Pisculichi -un hecho bautismal de una era histórica- y en esa misma instancia de la Libertadores de 2019. Todo eso incrementa la noción de proezas consecutivas. La victoria es dulce, pero en River se siente más dulce cuando el vencido es Boca.
UN MODELO EN ETERNA CONSTRUCCIÓN
A lo largo de los ocho años y medio en los que Gallardo estuvo al frente de River, sus equipos nunca fueron iguales. Una de las particularidades de su gestión es que en el puntapié inicial de cada temporada debió construir formaciones con cambios de piezas, esquemas y estilos.
Resultaría imposible definir cómo jugaban -cómo juegan- los River de Gallardo. Todos tuvieron características distintivas, pero, al mismo tiempo, partían de algunas cualidades en común: respeto por la pelota, ambición y personalidad ganadora. Año a año se observaban matices diferentes, pero la esencia siempre fue la misma.
En un deporte en el que se intenta definir la personalidad táctica de los entrenadores, ese rasgo es imposible de establecer en Gallardo. Jamás se aferró a un dibujo táctico. Fue pragmático. Incluso revolucionario con variantes sorprendentes y oportunas que desarticularon a los rivales de ocasión. Defensa con línea de cuatro, de tres, de cinco… Un mediocampista de marca, o dos, volantes que parecían tractores por los costados, enganches, un atacante por adentro y otro por afuera, dos por adentro, falso nueve… El Muñeco no se ató a ningún sistema. Venció con todos.
Y tan valedero como ese aspecto es el hecho de que su campo de acción no se limitó a la Primera de River. Tomó las llaves del club para, en cierto modo, dirigirlo y encaminarlo. Siguió de cerca las divisiones inferiores, para reformas estructurales en las instalaciones del club y fue factor clave para transferencias millonarias. Si la economía de la entidad no está tan enferma -no hay economías sanas en el fútbol argentino- es por el trabajo de Gallardo.
LOS SÍMBOLOS
Un gran equipo no alcanza esa dimensión sin grandes jugadores. Y Gallardo los tuvo. No es una novedad porque esa situación es moneda corriente en River. Pero en una etapa tan significativa, más que figuras, los millonarios tuvieron símbolos.
Arqueros invencibles como Marcelo Barovero y Franco Armani; una defensa que parecía perfecta como la que conformaban Gabriel Mercado, Jonatan Maidana, Ramiro Funes Mori y Leonel Vangioni, un lateral que se burló de las dudas y se transformó en pilar indiscutido como Milton Casco y un zaguero firme como Javier Pinola.
En el medio pasaron hombres que fueron lugartenientes del DT en la cancha como Leonardo Ponzio y Enzo Pérez (el ciclo fue tan increíble que hasta llegó a atajar en un partido copero), otros que tuvieron rendimientos impecables como Ignacio Fernández y aquellos que deslumbraron con su clase como Pisculichi y Juan Fernando Quintero y hasta hubo uno que quedó asociado con esa corrida interminable hacia la gloria del tercer gol en Madrid como el Pity Gonzalo Martínez…
Y por si fuera poco contó con goleadores temibles e insaciables como Lucas Alario, Rafael Santos Borré, el Oso Lucas Pratto, Matías Suárez y, ya en los últimos tiempos, esa joya de un brillo enceguecedor que es Julián Álvarez… ¡Qué jugadores tuvo el River de Gallardo!
Es verdad que también se equivocó a la hora de elegir refuerzos. El fútbol no sabe de fórmulas mágicas. Es ensayo y error. Y todos cometen errores. Lo llamativo es que, incluso con equivocaciones muy evidentes, el Muñeco fue capaz de que esas malas elecciones perdieran por goleada con sus aciertos.
UN PERSONAJE ÚNICO, UN DT COMO POCOS
Pícaro para declarar, por momentos soberbio, alimentó un personaje de un magnetismo único. Su figura sedujo a los hinchas propios y se ganó el respeto de los ajenos. Esta condición representa un fenómeno poco frecuente en el problemático y febril fútbol argentino. Gallardo se transformó en un técnico indiscutido.
Con la partida del Muñeco de River el fútbol local pierde al mejor técnico de la última década. Marcó una época, como en el pasado reciente lo hicieron Carlos Bianchi y Ramón Díaz, entre otros. Como ellos, Gallardo deja un vacío difícil de llenar. Se fue nada más y nada menos que el Gran DT.














