El fútbol argentino parece disfrutar de hacerse goles en contra. De hecho, se los festeja a sí mismo en la cara con ridícula naturalidad. Como si gozara con su enfermizo hábito de autodestruirse en cada decisión tomada por la dirigencia. Cada resolución es peor que la anterior y, como no podía ser de otro modo, los últimos cambios en la Liga Profesional de Fútbol (LPF) son tan absurdos que no hacen más que instalar la idea de que en estas latitudes se juega el peor torneo del mundo.
Ya ni siquiera existe la noción de certamen de liga que habitó en la Argentina casi desde que el fútbol es fútbol. Y mucho menos pensar en una competición en la que los equipos se midan todos contra todos a dos ruedas. Lo más parecido fue la Liga Profesional de 2024, que contó con 28 participantes que se enfrentaron a lo largo de 27 fechas. Sí, para los nostálgicos de la lógica faltaron las revanchas. Es imposible pensar en un formato similar al del viejo y querido torneo en el que los protagonistas se veían las caras con sus rivales una vez de local y otra de visitante.
Hoy se deambula entre variantes híbridas de copa y campeonato que solo son bien recibidas por una dirigencia que no se atreve a contradecir la voluntad del presidente de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA), Claudio Chiqui Tapia, decidido a eternizar el funesto capricho de Julio Grondona de incrementar de 20 a 30 equipos el número de participantes. Esa barbaridad iba de la mano con la intención de aumentar el financiamiento a través de los fondos del Estado nacional con el programa Fútbol para Todos. Sobrevivió incluso a pesar de que ese modelo de televisación quedó sepultado en el pasado en 2016.
En realidad, a Chiqui solo le interesa construir poder. Para ello necesita el apoyo de dirigentes que se sientan obligados a respaldarlo solo porque gracias a Tapia sus equipos están en Primera. La falta de jerarquía de muchos de los conjuntos que integran la élite del fútbol argentino es innegable. Y la pérdida de nivel competitivo asoma cada vez con mayor claridad. Las figuras brillan por su ausencia, con algunas excepciones que optaron por regresar a la Argentina solo por decisiones personales, no porque la liga local sea particularmente atractiva.
Poco importa que Boca o Estudiantes accedan a la final de una copa internacional -Sudamericana, en el caso de los xeneizes y Libertadores, en el de los pincharratas– porque, como ocurre siempre en este deporte, los éxitos y los fracasos suelen depender de una circunstancia tan aleatoria como que la pelota termine en el arco rival o en el propio. Lamentablemente, Tapia y su legión de aduladores invocan situaciones como estas como argumento para justificar que Argentina sea el único país del primer mundo futbolístico con 30 equipos en su torneo principal.
La Premier League inglesa, LaLiga de España, la Serie A italiana y el Brasileirao acogen a 20 participantes. La Bundesliga -el torneo alemán- y la Ligue 1 francesa cuentan con apenas 18. No es necesario entrar en demasiadas discusiones para acordar que esos certámenes son algunos de los más prestigiosos del planeta. Y en todos el esquema de competición contempla enfrentamientos a dos ruedas entre los participantes. Tan simple que abruma. Tan racional que expone con total crudeza el afán por hacerse goles en contra que se hizo moneda corriente en estas latitudes.
UN FRACASO INDISIMULABLE
Ni siquiera el intento de disfrazar las copas con la denominación de Apertura y Clausura en una pobre evocación de las modalidades de la década del 90 ocultó el fracaso de la LPF. Los añorados y atractivos torneos de finales del siglo XX eran instantáneos: 19 fechas, un campeón. Sí, aunque se daba por descontado que no era un ida y vuelta formal, se sabía que en el segundo semestre se invertía la condición de local y visitante. También permitió que varios equipos se dieran el gusto de celebrar sus primeros títulos. Era equitativo y les daba posibilidades a todos.
Tapia y los dirigentes que siempre tienen el “sí, Chiqui” en la punta de la lengua -los tristemente célebres secanucas– sostienen que las copas con sus respectivas instancias de playoffs fomentan la competitividad. También se abrazan a la idea de que cuanto más nutrido sea el contingente de equipos en Primera mayores serán las posibilidades de los clubes de transferir jugadores al exterior. Los déficits alarmantes que arrojan los balances de las instituciones dejan en evidencia que, por más que la vidriera sea cada vez más grande, el negocio no resulta rentable.
Tampoco lo será a partir del más novedoso atropello organizativo urdido por la LPF. En 2027 se mantendrán los torneos Apertura y Clausura, pero ya no habrá dos zonas de 15 equipos cada una. En el Apertura se disputarán 15 fechas -incluida la de clásicos- y los 16 mejores accederán a la instancia de playoffs para determinar el campeón. Luego, con la localía invertida, se repetirá el esquema en el segundo semestre. Para que se entienda: serán dos minicertámenes de 15 jornadas con rondas de eliminación que repartirán un par de títulos.
Con esa movida, los dirigentes sienten que anularon las quejas de los hinchas de que su equipo no jugaba al menos en una ocasión contra todos los miembros de la Liga. A propósito: ¡qué poco se escucha a los simpatizantes! En cada estadio -y hasta en los recitales y los teatros- se insulta a viva voz a Tapia por la horrenda organización de los campeonatos, pero los dirigentes hacen oídos sordos al clamor popular. Los clubes serán de los socios, pero quienes los representan actúan conforme a sus intereses, que no parecen coincidir con aquellos que los eligieron para decidir el futuro de las instituciones.
GENEROSIDAD EXTREMA: TÍTULOS PARA TODOS
Por supuesto, sigue vigente el título otorgado al líder de la Tabla Anual, ese que inventó Tapia en 2025 para congraciarse con Rosario Central, una de las entidades que más se esmera por quitarle el sudor de la parte posterior de la cabeza. O sea que en 30 fechas más los partidos de eliminación directa se repartirán tres coronas: la del Apertura, la del Clausura y la de la Tabla Anual. Es generoso el fútbol argentino…

También habrá un campeón de la Copa Argentina. Y como a la AFA y a la LPF les encanta que todos sus miembros sean felices, proliferan las razones para celebrar con el Trofeo de Campeones (se define entre el ganador del Apertura y del Clausura), la Supercopa Argentina (se miden el vencedor de la Copa Argentina y su par del Trofeo de Campeones), la Supercopa Internacional (la juegan el primero de la Tabla Anual y el dueño del Trofeo de Campeones) y se sumó la Recopa de Campeones, un engendro en el que se verán las caras aquellos que se lleven el Trofeo de Campeones, la Supercopa Argentina y la Supercopa Internacional. Campeones es lo que le sobra al fútbol argentino. En cambio, le faltan voces críticas. Apenas River y Estudiantes se atreven a combatir el statu quo. Esa rebeldía los pone en la mira de Tapia y su séquito de secanucas. A millonarios y pincharratas no les perdonan que no se resignen mansamente a ver cómo cada cambio del fútbol argentino solo contribuye a hacerlo el peor del mundo.













