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Rafael Nadal, entre la historia y la leyenda

La sonrisa, enorme, le desborda el rostro pleno de músculos descomunales que es la continuación de un cuerpo tallado a mano. Los brazos estirados reflejan la dulce tensión que se libera en los momentos sublimes. De las tribunas brotan aplausos, gritos y todo tipo de muestras de admiración. Rafael Nadal es la viva representación de la victoria. Acaba de derrotar a Daniil Medvedev por 2-6, 6 (5)-7, 6-4, 6-4 y 7-5 para llevarse el Abierto de Australia y sumar su 21° título en torneos de Grand Slam. El español reescribe la historia y le agrega páginas a su existencia de leyenda.

El éxito de Nadal en Melbourne quedará en el recuerdo por mil y un motivos. Se dio en el certamen al que faltó nada más y nada menos que el serbio Novak Djokovic, tanto por su afán de hacer pesar su libertad de elección -aun con argumentos discutibles- como por la tozudez del gobierno australiano de insistir por todos los medios para no verse derrotado por un hombre de carne y hueso.

También permanecerá intacto en la memoria colectiva por la vigencia de uno de los máximos símbolos del tenis mundial en la incipiente y atrapante disputa con los integrantes de las nuevas generaciones que llegan para intentar dejar su marca como lo hicieron los ilustres Nadal, Roger Federer y el propio Djokovic.

Internarse en la polémica en torno del serbio y las autoridades australianas equivaldría a correr hacia la red en busca de una volea mortífera para definir y verse sorprendido por un inocente globo que deja al desbocado jugador a mitad de camino entre la voluntad y la decepción.

RAFAEL NADAL, LA COPA Y SU ORGULLO DE CAMPEÓN.

El eterno debate entre las libertades individuales y el bienestar general está lejos de ser zanjado. El derecho de un individuo de decidir por sí mismo choca de frente con la incertidumbre desatada por el Covid-19 y sus múltiples variantes. La cuestión va mucho más allá de vacunarse o no, o de cuán efectivo es un agente inmunizante que no previene el contagio pero sí atenúa la peligrosidad del coronavirus.

De hecho, Nole se transformó en el abanderado de aquellos que pugnan por la facultad de elegir de acuerdo con sus convicciones. Trascendió la cuestión de vacuna sí o vacuna no. Se convirtió en figura política. Y aunque el deporte siempre tiene puntos de contacto con la política, no puede constituir el único elemento para el análisis.

Es verdad que de haber estado en Melbourne Djokovic habría sido el principal candidato al título. Por algo es el número uno del mundo con el reinado más extenso de la historia. Tan cierto como que el ruso Medvedev se habría erigido en uno de sus máximos oponentes y tal vez el único capaz de amenazar el liderazgo del serbio en el ranking. De igual modo, Nadal, uno de los que más alto alzó su voz contra el serbio, no aparecía entre los grandes candidatos a festejar en Australia.

UN TENISTA SUPREMO

Y entonces es cuando asoma la otra faceta en la vida de Rafa. No la del hombre que declara públicamente su apego a las leyes de un país –en este caso Australia- o defiende la importancia de las campañas de vacunación, sino la del tenista supremo.

Expresado en términos futbolísticos, el español está en tiempo de descuento. Parece atravesar el final de su campaña. Pero mientras el venerable Federer lucha afanosamente contra las lesiones que hacen que el epílogo de su brillante carrera se perciba tristemente cercano, Nadal resiste estoico y recurre a su grandeza para contener el avance de los jóvenes que claman por su momento de gloria.

Dolorido por el trajinar de un físico que se ha expuesto a límites impensados, Nadal parece indestructible. A los 35 años su cuerpo le permite soportar el esfuerzo que le impone una estrella en sostenido ascenso como Medvedev, de apenas 25.

Su juego presenta una riqueza de argumentos que impide reducirlo al símil maratonista que corre de un extremo a otro de la cancha y devuelve todas las pelotas como si fuera un frontón. Rafa no pega un palo detrás del otro. Su estilo desarrolló matices que hacen posible que varíe la velocidad, los efectos, la profundidad y la altura de sus tiros complicando las respuestas de sus adversarios.

No se antoja una herejía plantear esas características como el antídoto ideal para rivales como Medvedev, propensos a demostrar que es capaz de darle cada vez más duro a la pelota.

DANIIL MEDVEDEV SALUDA AL ESPAÑOL.

El ruso, número dos del ranking mundial, asoma como el mejor de la sangre nueva del tenis que personifican el alemán Alexander Zverev, el griego Stefanos Tsitsipas y su compatriota Andrey Rublev, seguidos a su vez por pibes como el italiano Jannik Sinner, el canadiense Felix Auger-Aliassime o el español Carlos Alcaraz. Todos parecen tener un cañón en la mano. Mejor dicho: en el brazo.

Nadal, como Federer y el vigente Djokovic, juegan a otra cosa. Por momentos parecen ser exponentes de un deporte diferente al que practica la mayoría de sus colegas. Son distintos. Siempre lo serán.

Así y todo, Medvedev tuvo a Rafa contra las cuerdas. Le ganó los dos primeros sets y en el tercero llegó a estar 3-2 arriba y 40-0 con el saque del español, pero se le escapó la victoria. En realidad, se la discutió Nadal con vergüenza deportiva, convicción, espíritu ganador y los ya citados recursos técnicos para extender la final hasta las 5 horas y 24 minutos.

Peleando punto por punto, sin dar por perdida una sola pelota, el español se quedó con un triunfo épico. Ganó su segundo título en Australia y el 21º de Grand Slam. Dejó atrás a Federer y Djokovic, quienes ahora lo escoltan con 20. No pudo Medvedev, el ruso al que le calza a la perfección el papel de villano que se enoja y discute con todos por cualquier razón. La nueva generación debe seguir esperando su momento.

Las tribunas braman. Nadal grita su alegría. Se tira sobre la dura superficie del Rod Laver Arena en el complejo Melbourne Park. Luego abre los brazos y sonríe con esa sonrisa inmensa que escapa de los límites de ese rostro lleno de músculos y felicidad. Sí, Rafa hace historia. Y también agiganta su leyenda.

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