La lluvia cae sin pausa, como si quisiera otorgarle un matiz más épico al momento. Un grupo de hombres vestidos con una camiseta blanca para la ocasión, pero bien granate en el corazón, da la vuelta olímpica en el imponente estadio Maracaná. ¡Sí, Lanús campeón! Le ganó al multimillonario Flamengo en suelo brasileño. Es histórico, claro que sí. Una historia de esas que tienen finales felices y serán transmitidas de generación en generación.
¿Quién no va a sentirse orgulloso de contarles a sus hijos o nietos que vio a los jugadores de Lanús la noche en la que dieron la vuelta olímpica en el Maracaná? Poco importa si se fue testigo directo como los cuatro mil ilusionados hinchas que ocuparon un sector de las tribunas de esa majestuosa mole de cemento o si se contempló ese hecho memorable a través de la televisión. Tanto unos como otros se referirán a la hazaña de un equipo de barrio -un eufemismo, ya que es una ciudad bien futbolera- contra el poderoso Fla y sus estrellas internacionales.
Y entonces se hablará de la felicidad de Carlos Izquierdoz, el veterano capitán que volvió para vivir este tiempo de alegría interminable. A los 37 años disfruta como uno de los tantos pibes que tiene a su alrededor. Porque Lanús, más allá de algunos futbolistas experimentados como Cali, Eduardo Salvio, Ramiro Carrera o Walter Bou, siempre es un equipo de pibes. No de cualquier pibe, sino de los que germinan en su inagotable semillero y que, desde que se visten de granate, sienten la camiseta como el más ferviente de los hinchas.
A sus descendientes les relatarán acerca de la tímida sonrisa que se escapa del rostro habitualmente moderado y ajeno a los excesos de efusividad de Mauricio Pellegrino, el técnico que le dio vida al conjunto que primero se llevó la Copa Sudamérica y luego agigantó su imagen con esta Recopa que parecía a pedir del Flamengo. Desde su seriedad, el DT edificó un campeón disciplinado y valiente. ¡Vaya si hay que ser valiente para animársele al Fla tanto de local como de visitante!
TODO A GANADOR
Ya en el primer duelo, en La Fortaleza, Lanús estaba decidido a ser artífice de su propio destino. Por esa razón se llevó la victoria por 1-0 con un gol de Rodrigo Castillo, hoy transformado en un delantero apetecible para cualquier equipo con pretensiones, pero que, hasta no hace mucho, apenas si se sabía de su pasado en Gimnasia y del largo recorrido por Sportivo Rivadavia de su Venado Tuerto natal, y Deportivo Madryn.
Y lo repitió en Río de Janeiro, en ese Maracaná que asoma permanentemente como un rival tanto o más complicado que el adversario que se tenga enfrente. Sin embargo, ese estadio se rindió a los pies de Lanús. Es más: albergó la inmensa pena de los torcedores de Flamengo que, frustrados, abuchearon al equipo y dejaron despobladas las tribunas cuando la segunda derrota de la serie aún no estaba consumada. Todo eso lo causó este Grana que enorgullece a su gente en estas horas de gloria internacional.
Otra vez Castillo abrió la cuenta para sorpresa de esa multitud que aguardaba el triunfo de las huestes de Filipe Luis. Esa victoria brasileña pareció convertirse en realidad cuando los disparos desde el punto penal del uruguayo Giorgian de Arrascaeta y Jorginho establecieron el 2-1 que estiró el suspenso hasta el alargue. En esos 30 minutos, heroicos para Lanús, floreció el hambre de gloria de un equipo que nunca se sintió inferior y le jugó de igual a igual a Flamengo.
Aguantó cuando tuvo que aguantar y atacó en los instantes en los que se le presentó la oportunidad. Eso hace un equipo inteligente. Y este Granate by Pellegrino dio tanto pruebas irrefutables de su inteligencia como de una ambición colosal. Empató con un cabezazo del paraguayo José María Canale y, ya casi sobre el final del suplementario, Dylan Aquino aprovechó un error del chileno Erick Pulgar y gambeteó al arquero Agustín Rossi antes de consumar el 3-2 que no tardó nada en sumarse a la lista de mayores triunfos de Lanús en su historia.
SIN COMPLEJOS
Las comparaciones no siempre son odiosas. Todo lo contrario. A veces permiten poner en su justa medida la obra de un equipo como Lanús que no se asusta por el brillo descomunal de las figuras de Flamengo. ¿Qué se va a asustar? Esa posibilidad no anidaba ni en la mente ni en el corazón del conjunto argentino. Enfrente estaba Lucas Paquetá, una estrella por la que los cariocas le pagaron 42 millones de euros al West Ham inglés. La transferencia más cara del fútbol sudamericano. La cotización del mediocampista es casi igual a la de todo el plantel granate.
Si alguien tuviera el dinero suficiente para adquirir a cada integrante del Flamengo debería desembolsar más de 220 millones de euros. En cambio, para adueñarse del pase de los hombres de Lanús le alcanzaría con apenas 43 millones. La diferencia abruma. El fútbol, fantástico como es, iguala todo dentro de la cancha. Los pobres y los ricos se parecen como ninguna otra manifestación de la vida lo permitiría. Así de imprevisible se muestra este deporte maravilloso. Eso explica por qué es tan apasionante.
Paquetá no estaba solo. Lo acompañaban Danilo y Pedro, procedentes del fútbol italiano, el uruguayo Guillermo Varela, Ayrton Lucas y el colombiano Jorge Carrascal -exRiver-, que llegaron desde Rusia; Samuel Lino se incorporó desde Atlético Madrid, el ecuatoriano Gonzalo Plata lo hizo proveniente del Al-Sadd, de Qatar, y Jorginho, el brasileño que jugó para el seleccionado italiano, actuó en el Arsenal inglés. Un lujo que pocos equipos pueden darse. No por nada ganó la Copa Libertadores el año pasado. Era favorito. No contaba con Lanús.
UN EQUIPO CON TODAS LAS LETRAS
El Grana no derrocha. Es austero. Sus refuerzos pasarían inadvertidos para cualquier equipo del planeta. Nahuel Losada fue un obstáculo infranqueable para los brasileños. Para ese resto del mundo que viste la camiseta rojinegra del elenco brasileño. Su nombre no llama la atención. Surgió en Estudiantes, estuvo en All Boys, Atlanta, Unión de Mar del Plata y Belgrano. ¿Quién repararía en él?
Tomás Guidara se fue sin pena ni gloria de Vélez tras su buen ciclo en Belgrano y, aunque repuntó en Huracán, nadie se peleaba por contratarlo. Cali Izquierdoz regresó de Sporting Gijón luego de haber vivido el infierno de Madrid que consumió a Boca contra River el famoso 9-12-18. Volvió impulsado por el corazón. Canale jugó mucho en Paraguay y en Argentina militó en Estudiantes y Newell´s antes de vestirse de granate. Sasha Marcich transitó por las canchas del Ascenso y luego firmó para Platense.
Toto Salvio nació en las entrañas del club. Su rica carrera lo mostró en Benfica, Atlético Madrid, Pumas de México y Boca. Si hasta Jorge Sampaoli lo llevó al Mundial 2018 en el que la Selección argentina estalló en mil pedazos. Decidió retornar porque el corazón manda. Y su clase hace la diferencia, tal como ocurre con el paraguayo Marcelino Moreno, el toque de distinción del equipo. Agustín Cardozo no se hizo notar mucho en Tigre o Gimnasia, pero muerde como pocos en el medio. Lo mismo que Agustín Medina, un producto de las inferiores.
También está Carrera, el que surgió hace más de una década en Arsenal y cumplió en casi todos lados -especialmente en Atlético Tucumán-, pero nunca disfrutó del brillo de los reflectores que acompaña a las primeras figuras. Arriba, claro, se destaca Castillo, el goleador que no le hizo perder el sueño a ningún club hasta que se recibió de héroe en Lanús. Cuando hace falta entra Aquino, formado en el club, y le pone la firma a un gol histórico. Bou tiene un rol secundario, pero aporta lo que le piden; tanto como el cordobés exInstituto Franco Watson y Lucas Besozzi, de las inferiores.
No hay estrellas en Lanús. Ninguno sobresale demasiado sobre el resto. Por supuesto: Salvio y Marcelino son otra cosa. Pero le huyen al divismo. En Lanús son todos para uno y uno para todos. Juegan y luchan como camaradas. Espalda con espalda cuando los tienen rodeados; libres como el viento cuando les dan un resquicio para atacar. Bueno… libres dentro de la sólida y ordenada estructura que plantea El Flaco Pellegrino…
PARA SIEMPRE
Los hinchas, los que estuvieron en el Maracaná y los que se deshicieron las uñas de los nervios por televisión, están listos para compartir, más temprano que tarde, sus vivencias de esa noche inolvidable con sus hijos y nietos. Darán cuenta de su orgullo granate, les recordarán que antes, mucho antes, hubo momentos duros en los que Lanús ni siquiera podía ilusionarse con ganar títulos. La gloria es algo reciente, la lucha es eterna.
Los más veteranos evocarán a Los Globetrotters de 1956 que giraban en torno del trío Nicolás Daponte – Héctor Guidi – José Nazionale; otros nombrarán a Los Albañiles Ángel Silva y Bernardo Acosta y algunos revivirán el sufrimiento del descenso en la interminable definición desde los doce pasos contra Platense en 1979, prólogo del abismo de la caída a la C… Del largo período en la B citarán los tiros libres del uruguayo Gilmar Villagrán y se emocionaran con la reconstrucción encarada por Miguel Ángel Russo.

Muchos se golpearán el pecho con la Copa Conmebol ganada a las órdenes de Héctor Cúper y con el fútbol de galera y bastón del Caño Ariel Ibagaza y Hugo Morales, las atajadas de Carlos Roa y el sacrificio del Chango Daniel Cravero. Y gozarán por el título de 2007 con un prócer del club como Ramón Cabrero como DT de un equipazo en el que ya estaban El Laucha Lautaro Acosta y José Pepe Sand, o por la Copa Sudamericana de 2013 con el campeón comandado por Guillermo Barros Schelotto y la paliza a San Lorenzo en El Monumental que dejó el torneo de 2016 en manos del elenco que orientaba técnicamente Jorge Almirón.
Y hace unos meses la Sudamericana y ahora la Recopa… ¿Cómo entran en sus cuerpos esos simpatizantes que no paran de festejar? ¿Cómo contiene su alegría Héctor Campos, ese gordo bueno que pasó años sufriendo en las tribunas y ahora toma una pastilla antes de cada partido para que el corazón que le dejó maltrecho El Grana no le juegue una mala pasada? ¿Cómo deja de reírse Eduardo, el encargado de poner en forma las canchas de tenis del Club Mitre, en Migueletes, si hasta en ese lugar, lejos del sur, tiene una camiseta de Lanús como bandera?
La lluvia no cesa, pero ahora se confunde con las lágrimas de los hinchas que, como Campitos, Eduardo, los que estuvieron en el Maracaná y los que vieron el partido por TV, jamás olvidarán esa noche mágica en Río de Janeiro.

















