No hay forma. Cuando Rafael Nadal se siente en su ambiente, nadie consigue resistírsele. Y Diego Schwartzman puede dar fe de ello. El argentino, de gran actuación en Roland Garros, venía impulsado por su reciente victoria sobre el español en Roma, pero una cosa es imponerse al número 2 del mundo en cualquier escenario del circuito y otra muy distinta es hacerlo sobre el polvo de ladrillo francés. Allí, Rafa es el número 1. Y allí gana más que ningún otro tenista sobre la Tierra. Por eso el triunfo en las semifinales fue para el jugador más dominante de la historia en esta superficie por 6-3, 6-3 y 7-6 (0). El esfuerzo del Peque no bastó, pues poner de rodillas a Rafa en el cancha Philippe Chatrier, la principal del célebre estadio francés, es una misión casi imposible.
Schwartzman buscó por todos los medios. Fuertes derechas cruzadas para insistir sobre el revés de su rival, cambios de ritmo, penetrantes reveses, drop shots, tomó la iniciativa tratando de presionar a Nadal, devolvió todo lo que le tiraron -como sucede siempre con él- y sacó bastante bien. Ninguno de los elementos de su nutrido repertorio bastó para incomodar a Rafa. Peor aún: lo forzaron a redoblar esfuerzos para contener las furibundas réplicas del español.

Quizás se antoje un detalle insignificante, pero cuando en la mirada de Nadal se percibe el instinto asesino que se notó en esta semifinal, en su interior sus adversarios comprenden que tarde o temprano se sumarán a la extensa lista de víctimas que el español se cobra desde hace 15 años en Roland Garros. Rafa es amo y señor de ese torneo. Lo es, en realidad, del polvo de ladrillo, pero en París su sed de triunfo se hace todavía más intensa y no les concede oportunidades a sus oponentes. Él entra en la cancha a ganar y sale de ella habiendo ganado. Es tan simple como que 2+2=4.

Es cierto que le tomó 3 horas y 9 minutos dar cuenta del argentino. Se sabe que hoy por hoy Schwartzman es un rival de cuidado para todo el mundo. La consistencia de su juego y su tenacidad obligan a quien esté del otro lado de la red a internarse en peloteos eternos, desgastantes. Claro, Nadal está mejor preparado que el resto para afrontar esa situación. Entonces para doblegarlo se hace necesario que el español cometa más errores de lo habitual -algo poco común, por cierto- como ocurrió en Roma. En la Ciudad Eterna el argentino debió jugar bárbaro y además sacar rédito de las equivocaciones del número 2 del escalafón.
Nadal está en la final e irá en busca de su 13º título de Roland Garros y 20º de Grand Slam (tiene uno menos que el suizo Roger Federer). A Schwartzman le queda el premio de haberse ubicado entre los diez más destacados del ranking (será octavo la semana próxima) y la satisfacción de haber jugado en excelente nivel. Por supuesto también deberá cargar con el peso de saber que en el Abierto de Francia nadie puede con Rafa.










