
Finalista, sí finalista. Argentina finalista otra vez. Como en Qatar. Como siempre. Y del mismo modo que a lo largo de este Mundial 2026, cuando parecía vencida, la Selección volvió a demostrar que nunca se entrega, que va a luchar sin respiro, con fe, con convicción y, si puede, con un poco de fútbol también. Pero ¿qué importa el fútbol si Lionel Messi y compañía tienen un corazón tan grande y una determinación inmensa para deshacer lo que se antojaba una derrota contra Inglaterra -nada menos que contra Inglaterra- y transformarla en un conmovedor triunfo por 2-1 que será recordado eternamente?
Cuando aparece enfrente un rival como Inglaterra surgen, inevitablemente, las mismas imágenes. Diego Armando Maradona y esos goles maravillosos que son parte del patrimonio futbolístico permanente del país: La Mano de Dios y esa obra de arte en la que dejó el tendal de británicos en el camino para demostrar que no hay distinción entre lo pagano y lo sagrado. Y, sí, aunque la lógica indique que la pelota y la patria no deben juntarse, también está el recuerdo de Malvinas. ¿Cómo no iba a estar? Igual, la cautela aconseja no abrazarse al nacionalismo irracional. Juega la Selección, no la patria… aunque en ocasiones como estas el límite se sienta tan difuso.
Quizás porque el destino es sabio les entregó a los albicelestes la posibilidad de consumar otro triunfo épico. Sí, cualquier argentino quisiera ganarle a Inglaterra con un gol de Messi con la mano para homenajear a Diego, o en offside para que los que hablan del favoritismo de la FIFA incrementen sus cuestionamientos. Claro, Gianni Infantino arregla todo para que los partidos se definan a último momento, en ese instante de los partidos en los que realmente los grandes equipos salen airosos. Y esta Selección es grande. Inmensa, en realidad. Única. La mejor de todos los tiempos. Parece un exceso, pero no lo es.
Porque solo así se entiende que la tozuda insistencia haya tenido recompensa cuando no existía margen para pensar en un futuro mejor. Sencillamente porque a esta Argentina la impulsa un corazón indestructible. De lo contrario, cómo puede ser que Lautaro Martínez cabeceara como cabeceó el milésimo centro que cayó sobre el área inglesa y que, en la misma jugada, La Pulga haya visto al Toro entre tanta gente. O que un rato antes, Enzo Fernández comprendiera que no todo podía resumirse a centros a la olla y que también valía probar desde fuera del área para hacer un golazo.
¡Qué coraje tiene este equipo! Parece repetitivo, pero no queda más remedio que destacarlo una y otra vez. Porque Lionel Messi, aunque pase inadvertido durante gran parte del encuentro, decide aparecer y mostrar el camino. Porque Cuti Romero saca todo lo que le pasa cerca y empuja hacia adelante. Porque Lisandro Martínez pelea con el alma. Porque Julián Álvarez se sacrifica con una generosidad encomiable. Porque Alexis Mac Allister corre por todos. Porque Lionel Scaloni parece hacer todo bien… Porque hay tantos porqués que esta Argentina es distinta a todas las Argentinas que alguna vez participaron en una Copa del Mundo.
LA PRESIÓN JUGÓ SU PARTIDO
Al principio, la tensión se hacía sentir en cada centímetro cuadrado de la cancha. Dientes apretados, forcejeos, poco fútbol… Casi nada, en realidad. Había demasiado en juego. Por eso se entendía el ingreso del combativo Giuliano Simeone en la mitad de la cancha para apoyar a Nahuel Molina, quien debía vérselas con el peligroso Anthony Gordon. Leandro Paredes imponía presencia en el medio, asistido por Enzo Fernández y Alexis Mac Allister. Julián Álvarez se tiraba hacia el costado izquierdo, en busca de un lugar en el que incomodara a sus rivales.
Inglaterra procuraba establecer superioridad en el medio, pero estaba claro que su fuerte se divisaba por los costados, con Gordon y Morgan Rogers. Harry Kane, inteligente, retrocedía para juntarse con el talentoso Jude Bellingham. Sí, cada uno de los contendientes exponía con nitidez su plan. Los choques de estas características suelen parecerse a partidas de ajedrez en las que se impone la necesidad de saber distribuir bien las piezas en el tablero. Dominar el terreno parecía crucial en un encuentro sin margen de error.
La movilidad de Bellingham era un problema de difícil solución para los albicelestes. El mediocampista del Real Madrid fue víctima de un par de infracciones en las cercanías del área. En un duelo de trámite tan cerrado, cualquier acción de pelota parada adquiría una importancia decisiva, en especial porque ningún equipo ponía en aprietos a su oponente. Conscientes de que estaba en disputa nada menos que un lugar en la final, ambos proponían demasiada lucha y muy poco juego.
Los británicos tenían más tiempo la pelota en su poder. Con movilidad, intentaban progresar en el campo contra una Argentina agazapada para salir de contraataque en cuanto se le presentara la oportunidad. Sin embargo, no se acercaron con peligro al arco de Emiliano Martínez, quien apenas intervino para interrumpir un centro a rastrón de Declan Rice por la punta derecha. Dibu también rechazó un tiro libre de Reece James. Las huestes de Lionel Scaloni tampoco producían demasiado en ofensiva. Su única aproximación se dio con un remate apenas desviado de Enzo Fernández.
En el complemento, Argentina pareció haberse decidido a adelantarse en el campo con dos intentos de Julián Álvarez. Lionel Messi, de poca gravitación, se recostó sobre la derecha y desde allí buscó desequilibrar. Pero en ese instante de mayor protagonismo y convicción albiceleste llegó un golpe inesperado: Rogers envió un centro desde la derecha, Gordon anticipó a Molina y doblegó a Dibu en absoluta soledad. La desventaja obligaba al campeón del mundo a correr desde atrás en el marcador, una situación muy compleja en un partido que hasta ese momento se antojaba muy parejo.
El 1-0 a favor llevó a los ingleses a retroceder y entregarle la pelota a Argentina. A la Selección le costaba penetrar la cerrada muralla que su adversario había construido en las cercanías del arco de Jordan Pickford. El guardavalla no solo empezó a tener más trabajo, sino que se convirtió en la figura del encuentro al rechazar un cabezazo de Nicolás González -entró por Paredes- y luego uno de Rodrigo De Paul, quien ingresó para apuntalar anímicamente a un equipo que debía jugarse a todo o nada.
PROHIBIDO RENDIRSE
Nico González, De Paul, Nicolás Otamendi, Gonzalo Montiel, Lautaro Martínez… Scaloni metía mano en un conjunto argentino que lanzaba mil y un centros sobre el área para buscar en las alturas lo que no obtenía por abajo. Sí, el viejo y entrañable ¡a la carga Barracas! siempre aparece cuando el tiempo apremia y el resultado es adverso. Parecía mentira, pero de tanto insistir se hacía todavía más grande la dimensión de Pickford, un obstáculo infranqueable. Las ilusiones se marchitaban, agonizaban… ¿Qué van a agonizar si Argentina jamás se rinde?

Igual que contra Egipto, Enzo Fernández cubrió su cuerpo con el traje de héroe que tan bien le sienta. Le alcanzó la pelota Messi y desde fuera del área sacó un espectacular remate que deshizo la resistencia del arquero británico. Argentina estaba otra vez en partido. El 1-1 premiaba la determinación de un equipo que no bajaba los brazos y que, cómo dudarlo, quería más, mucho más. Por eso volvió a salir hacia adelante a buscar la victoria como solo lo hacen aquellos que sueñan en grande, que creen en los imposibles.
Mac Allister probó puntería y la pelota se estrelló en el poste izquierdo del arco inglés. Messi recogió el balón, levantó la cabeza y se hizo tiempo -porque los jugadores distintos nunca se apuran innecesariamente- y lo vio a Lautaro entrar en el área. La Pulga buscó al delantero con un centro perfecto y El Toro cabeceó al gol, al gol más esperado. El del alivio, el de la confirmación de que quien pretenda arrebatarle el título a esta Selección va a tener que mostrar un carácter a prueba de balas.
La desesperación se apoderó de los ingleses. Habían replegado tanto sus filas que ya hacía rato que ni se acercaban a Dibu. Todo había cambiado: debían renunciar a la postura conservadora que escogieron cuando pensaron que el 1-0 era inmodificable. Contra las cuerdas, se entregaron a una ofensiva furiosa y desordenada que chocó contra la firmeza inquebrantable de Cuti Romero, de Otamendi, de Montiel… de todos… Sí, aguantó Argentina. Se aferró con uñas y dientes al triunfo parcial. Veía la final cerca, la tenía ahí, al alcance de la mano.
Cuando el árbitro estadounidense Ismail Elfath pitó el cierre llegó el tiempo del festejo. Pero no de un festejo cualquiera, sino de uno muy esperado, deseado, merecido. Por eso las gargantas estallaron en un grito desaforado, único, histórico. Si esta Selección siempre hace historia. Hasta en momentos en los que parece derrotada y sin esperanzas saca a relucir un coraje y una fe en sí misma que mueve montañas. Más que eso: sacude al mundo. Lo pone a sus pies.
Como hace cuatro años en Qatar, Argentina regresa a la final de la Copa del Mundo. La espera España, un rival de enorme jerarquía. De paso, un mensaje para La Roja y para todos aquellos que el domingo vayan a mirar el duelo por el título: esta Selección nunca baja los brazos y va a pelear hasta las últimas consecuencias. Porque no sabe de imposibles. Porque su hambre de gloria es insaciable.
LA SÍNTESIS
Inglaterra 1 – Argentina 2
Inglaterra: Jordan Pickford; Reece James, John Stones, Marc Guéhi, Djed Spence; Declan Rice, Elliot Anderson; Morgan Rogers, Jude Bellingham, Anthony Gordon; Harry Kane. DT: Thomas Tuchel.
Argentina: Emiliano Martínez; Nahuel Molina, Cristian Romero, Lisandro Martínez, Nicolás Tagliafico; Giuliano Simeone, Leandro Paredes, Alexis Mac Allister, Enzo Fernández; Lionel Messi, Julián Álvarez. DT: Lionel Scaloni.
Incidencias
Segundo tiempo: 10m gol de Gordon (I); 19m Nicolás González por Paredes (A); 27m Ezri Konsa por Gordon (I); 27m Gonzalo Montiel por Molina (A); 27m Nicolás Otamendi por Lisandro Martínez (A); 27m Rodrigo de Paul por Simeone (A); 36m Lautaro Martínez por Tagliafico (A), 37m Dan Burn por James (I); 37m Nico O´Reilly por Rice (I); 40m gol de E. Fernández (A); 47m gol de Lautaro Martínez (A); 49m Ivan Toney por Stones; 49m Marcus Rashford por Spence (I).
Cancha: Mercedes Benz Stadium (Atlanta). Árbitro: Ismail Elfath, de Estados Unidos.













