Por Victorio Pirillo *
La elección brasileña dejó al descubierto algo que buena parte de la dirigencia política todavía se resiste a comprender: las sociedades no votan necesariamente como pretenden los encuestadores, ni responden de manera automática a las consignas ideológicas que los partidos instalan para alimentar sus propias expectativas. Los pueblos pueden cambiar de opinión, castigar la soberbia, reaccionar frente a las provocaciones y, llegado el momento, votar con el bolsillo antes de que votar con la bandera.
Flávio Bolsonaro había terminado la primera vuelta del 4 de octubre con el 47,03% de los votos válidos, por encima del 45,16% obtenido por Lula Da Silva. En ese contexto, sectores de la derecha brasileña y de la izquierda regional interpretaban el resultado como una confirmación de sus respectivos diagnósticos. Unos celebraban la posibilidad de una victoria definitiva del bolsonarismo; otros buscaban instalar la idea de que el fenómeno político que había llevado a Javier Milei a la Presidencia argentina constituía una tendencia irreversible y que, en esta nueva época, todos los oficialismos estaban condenados a perder.
La realidad se encargó de desmentir semejante simplificación. Lula ganó el balotaje con el 51,79% de los votos válidos, frente al 48,21% de Flávio Bolsonaro, y obtuvo un cuarto mandato presidencial. Por primera vez en una elección presidencial brasileña, el candidato que había terminado segundo en la primera vuelta logró imponerse en la segunda. No se trató de una diferencia abrumadora, pero sí de una victoria suficiente para demostrar que el primer resultado no determina necesariamente el desenlace.
Una elección que desafió los pronósticos
La política, como la historia, suele castigar a quienes confunden una fotografía con una película completa. Bolsonaro no perdió solamente frente a un adversario con una extensa trayectoria política, también debió cargar con el peso de una campaña atravesada por la polarización, los cuestionamientos personales y una sucesión de errores que merecen ser analizados. Uno de ellos fue la utilización despectiva de la expresión «presidente nueve dedos» para referirse a Lula, quien perdió parte de un dedo de la mano izquierda a los 17 años, mientras trabajaba en una fábrica. Aquel accidente pertenece a la historia de un hombre de origen humilde que conoció tempranamente las exigencias del trabajo industrial y la explotación sobre las personas. No es posible afirmar que esa frase haya decidido por sí sola una elección. Sí es razonable considerar que el comportamiento de un candidato influye sobre la percepción de los votantes, especialmente cuando la competencia es ajustada y una parte del electorado todavía no ha definido su posición.
Argentina ofreció una experiencia comparable durante el debate presidencial entre Sergio Massa y Javier Milei. La exposición pública, los cruces personales y la manera de responder ante situaciones adversas formaron parte de la evaluación de los ciudadanos. Sin embargo, Milei terminó imponiéndose en el balotaje. La comparación demuestra precisamente que no existe una fórmula electoral universal: un comportamiento puede perjudicar a un candidato en una contienda y no impedir la victoria de otro en circunstancias diferentes. Hay otro aspecto que merece una discusión más profunda: el uso de los recursos públicos y de las medidas de alivio económico como instrumentos capaces de modificar el comportamiento electoral. En la Argentina, el llamado «plan platita» aplicado durante el gobierno de Alberto Fernández fue cuestionado por la expansión del gasto, las distorsiones económicas y la pretensión de compensar problemas estructurales que no encontraban solución. Sus resultados no impidieron la derrota electoral del oficialismo en 2023.
Los errores de campaña y el peso de la economía
Las denuncias de la oposición indican que en los últimos días previos a este balotaje Lula reajustó el programa “bolsa familiar”, incrementándolo considerablemente. Modificó abruptamente el calendario electoral adelantando los depósitos para que 50 millones de beneficiarios cobraran estos beneficios antes de esta segunda vuelta; asimismo, generó una reducción millonaria de las deudas que tenían las personas con entidades bancarias condonando parte de estas a cambio de pagos garantizados por el Estado con títulos y dinero públicos.
Otro hecho inédito que señalan fue permitir el uso de los fondos laborales que son utilizables solo en caso de despidos, para cancelación de deudas, dejando a millones de trabajadores sin fondos en el régimen indemnizatorio y una reducción laboral con participación del Congreso que reduce la jornada laboral de 44 horas semanales a 40, generando un aumento salarial encubierto por sostener el mismo pago por mismas horas de trabajo. Otra de las medidas, fue la propuesta oportunista de instaurar la gratuidad del transporte público para fines de semana y feriados.
Lula tiene una trayectoria política que se extiende durante décadas. Se presentó a elecciones presidenciales desde 1989. Perdió tres contiendas consecutivas antes de alcanzar su primera victoria en 2002 y volvió a ganar en 2006, 2022 y 2026, además de haber sido candidato en 2018, cuando su postulación fue finalmente impedida por la Justicia Electoral. Su recorrido no puede reducirse a una sucesión de beneficios sociales ni a una explicación exclusivamente económica, tratándose también de un verdadero luchador social. También tiene una historia judicial que debe contarse con precisión. Estuvo preso desde abril de 2018 hasta noviembre de 2019, después de ser condenado en causas vinculadas a la operación Lava Jato. Recuperó la libertad tras la decisión del Supremo Tribunal Federal que impidió ejecutar penas antes del agotamiento de los recursos judiciales. En 2021, el mismo tribunal anuló sus condenas por cuestiones relacionadas con la competencia jurisdiccional y el procedimiento.
Lula y el desafío de la sucesión política
El contraste con Flávio Bolsonaro es evidente en un aspecto: su apellido lo vincula directamente con una figura que dominó la política brasileña durante años, pero sería equivocado sostener que el apellido, por sí solo, explica su derrota. Flávio consiguió una votación considerable y estuvo por delante de Lula en la primera vuelta. El problema del heredero político es que debe demostrar que posee una identidad, una capacidad de conducción y una propuesta propia, y no solamente una pertenencia familiar. Los partidos latinoamericanos han convertido con frecuencia la sucesión política en un mecanismo de distribución de herencias. El kirchnerismo ofrece ejemplos de liderazgos familiares como gobernadores puestos a dedo o gobernadores que han convertido las provincias en feudos. El problema no es exclusivamente familiar, es la ausencia de instituciones capaces de formar cuadros, establecer reglas de sucesión y garantizar que un proyecto político sobreviva a su fundador.
Lula, a los casi 81 años, obtuvo un nuevo mandato que concluirá cuando tenga 85. Su triunfo confirma su capacidad para conservar una base electoral, pero también abre una pregunta sobre la renovación de los liderazgos y la formación de dirigentes que puedan continuar una experiencia política sin depender de una figura individual. Resulta insuficiente dividir la política entre «azules y colorados», como si la discusión se redujera a dos bandos inmutables como lo hace el presidente Milei. La verdadera discusión debería girar alrededor del empleo, los salarios, la productividad, la inflación, la seguridad, la calidad de los servicios públicos y la capacidad de los gobiernos para mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos. La democracia no es un cheque en blanco, tampoco es un mecanismo para que los dirigentes se atribuyan la propiedad de los votos.
Las lecciones que deja Brasil para América Latina
Brasil no demostró que el populismo siempre gana, ni que el mercado siempre pierde, ni que la “derecha” haya desaparecido. Demostró que las elecciones son más complejas que los pronósticos y que los liderazgos, por poderosos que parezcan, deben volver a rendir examen ante la sociedad. Al final, los pueblos no están obligados a ser coherentes con las teorías de los políticos, los analistas o los encuestadores. Son estos últimos quienes deberían aprender a interpretar a los pueblos, en lugar de pretender enseñarles cómo deben votar.
Todos aquellos que hoy se sacan fotografías y se suben al carro triunfador de Lula deberían recordar que una imagen compartida no transfiere trayectoria, jerarquía ni autoridad política. Muchos de quienes ahora pretenden capitalizar su victoria no tienen ni la historia, ni la experiencia del dirigente brasileño. La política latinoamericana está plagada de dirigentes que se atribuyen éxitos colectivos, se apropian de triunfos ajenos y se presentan como herederos de procesos e historias que nunca protagonizaron. El problema no es sacarse una fotografía con Lula, sino pretender utilizarla como certificado de legitimidad propia.
* Victorio Pirillo. Secretario General del Sindicato de Trabajadores Municipales de Vicente López.










