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¿Perdió Alberto, perdió Cristina o perdió el kirchnerismo?

La dura derrota del Frente de Todos (FdT) en las PASO sacudió al Gobierno nacional. El primer afectado fue Alberto Fernández, cuya gestión quedó en discusión. Pero además expuso con nitidez el rechazo que genera la jefa política del mandatario, Cristina Fernández de Kirchner, y la manifiesta pérdida de apoyo en las urnas del kichnerismo. Ante este panorama la pregunta se antoja irremediable: ¿perdió Alberto, perdió Cristina o perdió el kirchnerismo?

Una encuesta de Giacobbe & Asociados permite esbozar una respuesta a este interrogante.

El sondeo de opinión, efectuado del 22 al 24 de septiembre entre 2.500 entrevistados a través de teléfonos celulares, plantea un escenario bastante adverso no solo para el Presidente y la vicepresidenta, sino para el movimiento creado por Néstor Kirchner y continuado por la propia Cristina Fernández.

El 47,5% de los consultados sostiene que la vicepresidenta que se encargó de poner a dedo al aspirante a Jefe de Estado en la lista del FdT en 2019 es la principal responsable del traspié en las primarias.

Esa opinión se entiende reparando en el hecho de que Cristina es la máxima referente del espacio político que ejerce el poder desde el triunfo sobre Mauricio Macri hace dos años. Y de esa condición se desprende la idea de que su influencia sobre la gestión presidencial es mucho mayor de lo podría caberle a una vicepresidenta.

En cambio, el 35,3% le atribuye la derrota al Presidente. El razonamiento parte de la base que es su culpa porque se trata de su gobierno. También puede intuirse que su decisión de no confrontar con Fernández de Kirchner en cierta medida provoque dudas sobre si realmente es su gestión.

Basta con recordar que en todo momento Alberto se encargó de dejar en claro que no pensaba confrontar con Cristina, una figura poderosa a la que no le tiembla el pulso para expresar su opinión respecto de lo que no le gusta de la labor presidencial. La furibunda carta con la que exigió cambios en el Gabinete y su correlación con los hechos posteriores son cabales pruebas de su grado de influencia en la mesa de las deliberaciones.

A pesar de que el discurso oficial justifica el estado de la Argentina en el azote de la pandemia –también en las consecuencias de la administración macrista-, para los votantes el coronavirus no fue un factor electoral tan decisivo. Apenas el 16,7% lo define como desencadenante del resultado en las urnas.

Estas opiniones seguramente tienen en cuenta tanto las secuelas económicas y sociales de la política sanitaria instrumentada por el Poder Ejecutivo Nacional para enfrentar el virus como los escándalos derivados -pero no menores- como el vacunatorio VIP, los festejos de la familia presidencial en Olivos y la controversia por una campaña de vacunación dominada más por la geopolítica que por la evidencia científica.

EL FDT EN EL OJO DE LA TORMENTA

De acuerdo con la encuesta de Giacobbe & Asociados, la mirada global sobre el kirchnerismo es negativa. Lo es tanto respecto de sus principales figuras como del espacio político en general.

Solo así se explica que a la hora de expresar un deseo con vistas a las elecciones generales del 14 de noviembre, la mayoría de los consultados afirme que desea otro traspié del FdT. Aquí conviene hacer una aclaración: en el sondeo se considera a la coalición gobernante como la sumatoria del kirchnerismo y los sectores del peronismo que le son afines.

Un abrumador 64,4 dice sin miramientos que espera otra derrota K. El porcentaje es significativo y muy superior al 25,1 que se pronuncia a favor de la posibilidad de que revierta los guarismos del 12 de septiembre.

En este punto parece oportuno reparar de qué modo involucionó la potencial adhesión electoral del FdT en los últimos tiempos.

En junio de 2020, en pleno aislamiento estricto, el 42,9% deseaba que el oficialismo perdiera las elecciones. El 37,3 quería verlo victorioso  y el 18,9 se declaraba indiferente sobre la cuestión. Quince meses más tarde el 9,9 se muestra poco preocupado por la suerte del espacio político en los comicios. El decrecimiento del apartado “me da lo mismo” dice mucho de cómo se desbarranca el Frente de Todos.

El elevado 64,4 de rechazo actual es el último valor de una negativa tendiente creciente que se disparó poco después del invierno del año pasado y que en todo momento se mantuvo por encima del 50%.

Con una intensidad menor cayó la porción de aquellos que estaban a favor del triunfo K. Del 37,3 pasó a 25,1%. Las adhesiones se redujeron 12 puntos contra los 20 que se elevó la expectativa de derrota en noviembre.

El complejo contexto en el que el oficialismo procura hacer pie de cara a noviembre tiene una manifestación contundente.

A los participantes en el trabajo de la encuestadora se les pidió que expresaran con una palabra sus sensaciones posteriores a lo que pasó en las primarias. Y el término más repetido fue “esperanza”, seguido de “alegría” y “felicidad”, situación que exhibe la disposición a que se produzca un cambio de representación política en el Congreso.

Al fin y al cabo, en una elección de medio término se escogen legisladores, por más que sea analizada como un examen para los gobiernos.  

Todo esto expone que a la hora de repartir culpas por lo que sucedió en las PASO la principal responsabilidad recae en Cristina Fernández de Kirchner, a pesar de que el presidente sea Alberto Fernández. Y que la debacle en muchos distritos habitualmente afines responde al desencanto que generó el kirchnerismo como fuerza política.

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