Lionel Messi se despidió de la Selección. Expresada con la frialdad del rigor informativo, la noticia sacude. Duele. Estremece. ¿Alguien se atrevió a pensar que Argentina podía salir a la cancha sin ese fenómeno vestido de celeste y blanco, con el 10 en la espalda y el brazo izquierdo abrigado por la cinta de capitán? La respuesta es obvia: nadie. Sí, claro, la razón obliga a aceptar que el paso del tiempo se encarga de cerrar etapas. Es implacable. Es injusto. Si durante dos décadas Messi y la Selección fueron el uno para el otro… Si el pueblo futbolero se rindió a sus mágicos pies y los creyó eternos. Pero no. Nada es eterno. ¡Mentira! La Pulga es eterna.
Lloró Lionel hace casi un mes en Nueva York cuando no tuvo más remedio que despedirse de la Copa del Mundo que viajaba a España en manos de sus nuevos dueños. También había soltado un mar de lágrimas después de la agónica victoria sobre Egipto en los octavos de final. La congoja del capitán fue siempre la de los hinchas que conocieron la alegría en forma de estrella gracias a su liderazgo en el Seleccionado. Hoy, esos hinchas tienen los ojos humedecidos mientras la incredulidad los golpea sin misericordia. Porque para ellos Leo es eterno.
Lloró tantas veces Lionel e hizo llorar tantas veces a un país que se embanderó por él y sus camaradas cuando las penas dejaron de ser argentinas… Lloró hace dos años, también en Estados Unidos, ante una traicionera lesión que lo sacó de la final de la Copa América 2024. Tal vez sintió que no podía ayudar a sus compañeros a luchar contra el destino, pero esos jugadores que crecieron admirándolo como si fuesen simples hinchas se la jugaron por él y lo ayudaron a ser campeón otra vez. Como en 2021, cuando su llanto en la inmensidad del Maracaná solo se escuchaba junto con el festejo argentino después de 28 años de frustración. Esa racha se interrumpió porque nada es eterno. Solo Messi lo es.
Y claro, tampoco pudo contener las lágrimas en ese sublime Qatar 2022 que demostró que el fútbol es el más sabio de los deportes y le otorgó el título del mundo que se le negaba sistemáticamente una y otra vez. En esa ocasión, el llanto regó la geografía de la Argentina orgullosa de reverdecer los marchitos laureles de 1978 y 1986. La inmensa sonrisa del capitán con la Copa en sus manos es una postal que jamás se perderá en la infamia del olvido. Porque esa espectacular Selección construida por Lionel Scaloni y Messi son eternos.
La memoria trae recuerdos de las derrotas a manos de Chile en 2015 y 2016 que también desataron torrentes de llanto. Justo en esa época, Messi se entregó a la más desoladora decepción y anunció que se iba de la Selección. ¿Se imaginan todo lo que se habrían perdido Leo y la Argentina si él hubiese partido después de esa maldita final? Quizás nada de lo que ocurrió desde 2021 habría sido posible. Tal vez las estrellas seguirían siendo dos y no las tres que brillan en esa camiseta celeste y blanca que es la más viva representación del cielo. Justamente porque el rosarino regresó, tuvo tiempo -su tiempo- de gloria y llevó de la mano al equipo nacional a un ciclo fantástico. ¿Cómo no va a ser eterno Messi?
Cuando un futbolista único e irrepetible como él se va -sí, seguirá en el Inter Miami, pero a quién le importa si ya no estará con la Selección- brotan imágenes desordenadas que superan la capacidad de asombro, que parecen nacidas de la inspiración de un ser superior que le concedió a un zurdito rosarino la facultad de jugar como pocos pudieron hacerlo con la pelota en su poder. Y si cada futbolero es capaz de aportar su propio recuento de maravillas es porque ese hombre, este Messi, es eterno.
LA GLORIA TARDÓ EN LLEGAR
El pasado reciente acerca las proezas de un hombre de 39 años que jugó como un pibe de 20. Sorprendió con una vitalidad inagotable y una determinación a prueba de todo con sus tres goles contra Argelia y los dos frente a Austria, con el precioso tiro libre que terminó en el fondo del arco de Jordania y con su amor propio para comandar al equipo albiceleste contra los duros caboverdianos… Y hubo mucho más. Porque en el duelo con Egipto se recostó sobre la derecha para enseñar el camino hacia la dramática victoria y repartió pases exactos para la conquista de Alexis Mac Allister contra Suiza y para las de Enzo Fernández y Lautaro Martínez en el épico triunfo sobre Inglaterra. ¿Cómo no va a ser eterno el capitán?
Hoy se sabe que en cada partido del pasado Mundial lo impulsaba la ilusión de volver a ver a su padre. Hoy se entiende que cada lágrima que derramó en el torneo fue para Jorge, el que lo acompañó siempre desde que dejó Rosario para hacer su camino en Barcelona, primera etapa de una carrera memorable con tantos récords acumulados y hazañas impactantes que lo elevaron a un sitio que está reservado solo a los grandes de verdad. Y los que llegan a ese lugar, como él, son eternos.
No pudo contra España. Ya no tenía fuerzas. Sus compañeros tampoco. Argentina cumplió su peor actuación de una Copa del Mundo en la que suplió su falta de fútbol con un corazón enorme. Pasó inadvertido a lo largo de esos 120 minutos en los que La Scaloneta hizo lo que pudo -casi nada- contra un rival superior. Solo un milagro habría permitido que la Selección retuviera el cetro de campeón conquistado en Qatar 2022. Y como en el fútbol la historia no la escriben solo los que ganan, Messi es eterno.
Quedó cubierto de gloria por los siglos de los siglos con ese Mundial 2022 en el que rescató del infierno al equipo contra México, abrió la cuenta frente a Australia, le marcó el camino al gol a Nahuel Molina y hasta tuvo tiempo de discutir con Louis van Gaal en el choque con Países Bajos. Rozó la perfección en la semifinal frente a Croacia -cómo olvidar esa jugada en la que sacó a pasear a Josko Gvardiol- y brilló con una intensidad enceguecedora en la finalísima con Francia. Ese beso sutil a la Copa del Mundo es una de las postales más tiernas de cuantas habitan la memoria. Y se logra ese impacto cuando se es eterno. Como Messi.
Pero como nadie -ni Leo– es perfecto, existió un funesto Mundial 2018 en el que apenas ofreció un golazo contra Nigeria y un Brasil 2014 en el que Alemania lo privó del título luego de haber alcanzado un gran nivel con tantos fundamentales contra Irán y Nigeria y un pase de quirúrgica precisión para la definición de Ángel Di María frente a Suiza. Antes, con 18 años, debutó en la Copa del 2006 y se dio el gusto de hacer un gol contra Serbia y Montenegro para luego mirar desde afuera la eliminación temprana del torneo. Y cuatro años más tarde, con Diego Maradona como técnico, no pudo encarrilar a un equipo caótico. Aunque ya había encandilado al planeta con su juego, todavía no se lo percibía eterno.
Y quedan mil y un momentos para evocar. El Mundial Sub 20 del 2005, la medalla dorada en los Juegos Olímpicos de 2008, los tres goles en el amistoso con Brasil en Nueva Jersey en 2012, un tanto memorable contra México en la Copa América del 2007 y otro frente a Estados Unidos en la de 2016, el triplete salvador en las Eliminatorias para 2018 en Ecuador o los que registró sobre Bolivia en la etapa clasificatoria para 2022 y 2026, la Finalissima contra Italia… La misión de repasar lo hecho por La Pulga en el conjunto albiceleste es una tarea abrumadora. Porque a lo largo de más de 20 años muchos argentinos jamás vieron a la Selección sin él. Y no se imaginan cómo será el futuro desde este adiós que sacudió al mundo. Justamente por lo difícil que resulta pensar en este futuro huérfano de su magia, Messi es eterno.
























