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Haz lo que digo, no lo que hago

A grandes rasgos, el país está detenido, encerrado, empobrecido, privado de acceder a un mejor nivel de educación y celosamente vigilado en un virtual toque de queda. Todo en nombre de la salud. Es cierto que las muertes y los casos de coronavirus aumentan a un ritmo alarmante y que el sistema de salud -por el que se hizo poco y nada- está al borde del colapso. También que la vacunación avanza con demasiada lentitud y que los testeos masivos brillan por su ausencia. Si alguna de las medidas restrictivas fuera realmente efectiva para contener la pandemia, no habría discusión posible. Por eso sería maravilloso que las reglas que regulan la existencia de los argentinos también se aplicaran al Presidente de la Nación.

En una curiosa interpretación del famoso “haz lo que digo, no lo que hago”, Alberto Fernández parece empecinado en burlar las reglas que él mismo dicta. Se enoja con todos, los responsabiliza de la acción devastadora del Covid-19 (si son porteños, más todavía), levanta el dedo en enfática señal admonitoria… Se antojaría incuestionable la actitud del Jefe del Estado si no saboteara sus propias medidas.

Están prohibidas las reuniones sociales hace un rato largo. Se perdió el derecho de recibir en una vivienda particular a quien se desee aun cuando se extremen los cuidados básicos contra el virus. Pero Fernández comió asados con Hugo Moyano y familia -todos vacunados VIP tiempo después- y compartió una nutrida mesa con Evo Morales en un lugar cerrado. Claro, él es el Presidente y seguramente estaba frente a un acto de gobierno. O no.

Si los alumnos del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA) deben estudiar en modo virtual pese a que está demostrado que las aulas no propagan el coronavirus, por qué Fernández va a donde se le ocurre sin el más mínimo resguardo sanitario. Si hasta se saca selfies rodeado de más gente de la recomendable. Cierto: los contagios se dan por culpa de la circulación de madres y padres que llevan a los niños a las escuelas…

A propósito: no están permitidos los encuentros de más de diez personas en espacios abiertos. Pero eso aplica solamente a los ciudadanos de a pie. Para políticos, funcionarios y gremialistas todo está permitido. También para piqueteros y cuanta organización salga a recorrer las calles para hacer conocer sus demandas.

Las campañas de concientización sobre la conveniencia de saludar con el puño resultaban simpáticas. Al menos hasta que Alberto se funde en apretados abrazos con el gobernador formoseño Gildo Insfrán o el mismo Moyano.

Más de 65 mil personas perdieron la vida por el azote del Covid-19. La mayoría de los argentinos no pudo despedir a sus seres queridos. Ni siquiera tuvo la oportunidad de acompañarlos en sus últimos momentos. Fernández, en cambio, viajó a Junín y participó del multitudinario velorio del ministro de Transporte Mario Meoni.

Quizás sea muy difícil predicar con el ejemplo. Es mucho más fácil aferrarse al “haz lo que digo, no lo que hago”.