Antes que nada, una aclaración: River es un gigante de Sudamérica y, por supuesto, del mundo, ubicado en el top 10 de clubes más importantes del planeta. Esto no está en discusión. Sin embargo, una cosa es ser gigante y otra muy distinta es ser potencia. ¿Por qué? Hay varios factores que ayudan a explicarlo y que cobran aún más fuerza en un contexto marcado por la bronca que dejaron las dos últimas derrotas: la eliminación frente a Aldosivi por Copa Argentina y el traspié como local ante Barracas Central en el estreno del torneo de los subcampeones del mundo.
La preocupante imagen futbolística no responde únicamente a estos dos resultados. Es la consecuencia de una sucesión de partidos y campeonatos en los que River viene mostrando un rendimiento cada vez más pobre. Ya ni siquiera se trata de buscar culpables -que los hubo y los hay- sino de identificar problemas que se repiten una y otra vez y que, pese a estar a la vista de todos, quienes deben resolverlos parecen no advertir.
Hace mucho tiempo que River no juega a nada. ¡Absolutamente a nada! Después de un mes y medio disfrutando del Mundial, el contraste es enorme: el equipo ya ni siquiera logra conectar dos pases seguidos para adelante.
En una explosiva entrevista concedida a ESPN a principios de junio, el presidente Stéfano Di Carlo confirmó lo que millones de hinchas veníamos reclamando: la salida de varios jugadores con el ciclo cumplido y la renovación de un plantel que arrastraba problemas desde la salida de Martín Demichelis y durante la cuestionada (y horrorosa) segunda etapa de Marcelo Gallardo, el entrenador más ganador de la historia del club.
En aquella oportunidad, Di Carlo anunció que se terminarían varios contratos con salarios millonarios. Finalmente, una docena de futbolistas fue separada del plantel con la intención de utilizar ese ahorro para incorporar entre seis y siete refuerzos de jerarquía.
La primera crítica: la planificación deportiva
Aquí aparece el primer gran cuestionamiento. En abril, River contrató al español Pablo Longoria como director deportivo para asumir una función que hasta entonces desarrollaba Enzo Francescoli, actual secretario técnico y responsable desde hace más de una década de las incorporaciones. En ese proceso, además, la dirigencia corrió a Leonardo Ponzio quien dejó de integrar la Secretaría Técnica, donde colaboraba con el exfutbolista uruguayo.

Tras los anuncios de Di Carlo comenzaron a llegar nombres que, probablemente, el 99% de los hinchas de River desconocíamos: los uruguayos Mauro Arambarri y Giovani González. Arambarri, de 31 años, llegó desde Getafe por una cifra cercana a los ¡6 millones de euros! González, también de 31, arribó a préstamo desde el Krasnodar de Rusia. Para muchos simpatizantes fue necesario guglearlos para conocer quiénes eran.
También se incorporaron futbolistas de mayor recorrido y conocidos como Nicolás Otamendi -necesario como el agua en una desierta zaga central-, Rafael Santos Borré y Lucas Beltrán. Más tarde, y luego de una interminable novela mexicana, se concretó la llegada de Ángel Correa.
La pregunta inevitable es en qué estaba pensando Longoria al decidir incorporar a un mediocampista como Arambarri cuando River ya tenía superpoblada la mitad de cancha con jugadores como Vera, Moreno y los juveniles Silva y Juan Cruz Meza. El principal problema del equipo durante los últimos años estuvo en la defensa y, sin embargo, ni siquiera se intentó reforzar la zaga central con uno o dos marcadores centrales más para acompañar a Otamendi.
El partido del domingo volvió a dejar en evidencia que Lucas Martínez Quarta no puede seguir siendo titular. Del pibe Rivero ya no hablo más porque dudo mucho de que vuelva a ser considerado.
La salida de Juanfer y un vacío creativo
El segundo cuestionamiento apunta a otra decisión dirigencial. Si River optó alegremente por dejar en libertad de acción a Juan Fernando Quintero, como mínimo debería haber incorporado un futbolista capaz de reemplazar esa función: alguien que conectara mínimamente a los volantes con los delanteros y aportara creatividad para generar algo de juego. De eso se trata este deporte. Hubo un intento por Thiago Almada, pero la negociación se diluyó con el final del Mundial. Además, hace un mes que se habla con Vélez por el juvenil Tobías Andrada sin mayores avances.
Mientras tanto, el equipo insiste con una circulación intrascendente de la pelota: ese barcelonismo bobo de tocar para los costados, para atrás, para los costados, para atrás, y así sucesivamente, lo único que hace es consumir tiempo, que los rivales estén tranquilos, y que los hinchas empiecen a perder la paciencia para que ya, a los 30 minutos, arranquen con el «Movete, River, movete». Vale aclarar una diferencia muy importante (y remarco el muy): el Barcelona de Guardiola jugaba para los costados y para atrás, pero en cuanto se decidía, aceleraba, rompía líneas, mandaba el estiletazo para adelante y el rival sacaba del medio. Acá, ocurre exactamente lo contrario: el único que saca del medio es River.
fracaso de la política de incorporaciones
El tercer gran cuestionamiento está relacionado con la política de compras. Desde el ciclo Demichelis y la segunda etapa de Gallardo hasta la actualidad, River acumuló incorporaciones que terminaron convirtiéndose en rotundos fracasos por dirigentes que no pararon de pasar vergüenza. Futbolistas que, en condiciones normales, difícilmente hubieran siquiera pisado la vereda de enfrente del Monumental.
La lista es extensa: Villagra, Castaño, Gattoni, Carboni, Portillo, Galarza, Viña, además de los jugadores confinados en el denominado «container de Cantilo», como Salas, Kendry Páez, Galoppo, etc. Llamativa fue también la incorporación del joven Alex Woiski (bajo el rótulo de «apuesta»), otro nombre que muchos también debieron guglear para saber de quién se trataba. En algún momento, alguien dentro de River -Jorge Brito, Stéfano Di Carlo o Enzo Francescoli- deberá explicar cómo esos futbolistas llegaron a una institución de semejante magnitud, pasaron prácticamente inadvertidos, costaron una fortuna y terminaron marchándose con pena y sin gloria.
Un problema que también impacta en las cuentas
Lo más preocupante es que estas joditas no salen gratis. La separación de entre 12 y 15 futbolistas no fue una simple estrategia de marketing. River maneja enormes recursos económicos, pero el despilfarro también es sideral y está a la orden del día. Desde la presidencia de Rodolfo D’Onofrio, el club inició un proceso de saneamiento financiero que permitió dejar atrás épocas muy complicadas, aquellas en las que incluso se llegó a cambiar jugadores por latas de pintura. Con Jorge Brito esa política económica se consolidó y Stéfano Di Carlo decidió mantener el mismo rumbo. River recauda cifras astronómicas gracias a múltiples fuentes de ingresos: ventas de jugadores, cuotas sociales, abonos, acuerdos de naming y recitales, entre otras. Y justamente allí aparece la pregunta que da origen al título de esta nota: «¿Por qué River no apuesta decididamente a convertirse en una verdadera potencia?
Con una economía sólida y la billetera desbordante, el club podría contar con futbolistas de jerarquía en cada línea del equipo. Bastaría con detectar las posiciones deficitarias y reforzarlas con uno o dos jugadores de primer nivel, tal como prometió el propio Di Carlo.
Un par de zagueros centrales (todo el mundo ve esa necesidad), un enganche con capacidad para romper líneas, un volante derecho que ocupe el lugar que nunca volvió a llenar nadie desde la salida de Exequiel Palacios y así, con los delanteros actuales, River podría dar un salto de calidad importante. Siempre esperando que los «9» que llegaron empiecen más temprano que tarde a darnos alguna alegría.
La diferencia competitiva que River podría establecer en el fútbol argentino y también en Sudamérica sería abismal. Sin embargo, la dirigencia parece optar por el camino contrario: invertir cifras millonarias en futbolistas ignotos o apostar nuevamente por regresos de jugadores que quizá ya no estén en condiciones de elevar el nivel del equipo.
EL llamado de atención para la dirigencia
Los socios e hinchas sostenemos con nuestro aporte buena parte de la estructura del club. Por eso resulta difícil comprender que tanto Longoria como Francescoli no logren detectar con claridad cuáles son las principales falencias del plantel que están a la vista. La defensa -especialmente la zaga central- y el mediocampo que Eduardo Coudet armó frente a Aldosivi y Barracas Central dejaron en evidencia que la jerarquía llegó apenas a cuentagotas y que siguen predominando los mismos problemas de siempre con lo malo conocido.
El equipo involucionó y ya la paciencia se agota. Hacer siempre lo mismo y esperar resultados distintos es la definición de locura y sólo conduce al fracaso. Millones de hinchas queremos ver a River convertido en una potencia de Sudamérica porque las herramientas están. Espero que los dirigentes también. Todavía están a tiempo.











