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De cómo la cultura le dobló el brazo a la pandemia

El día que el chino del supermercado, que no cerraba ni domingos ni feriados, le puso un candado a la puerta del negocio y se refugió en su casa sin aviso de retorno, en el barrio se dieron cuenta de que la cosa iba en serio.

Hasta ese momento el coronavirus y la pandemia habían sido más un puñado de noticias que llegaban por la televisión, algo lejano y ajeno, que una amenaza concreta, palpable. De alguna manera la cuarentena decidida por el Gobierno terminó por ser para los vecinos un aterrizaje forzoso en la vida real, sin escalas.

Lo que vino después es harto conocido: una retahíla de días calcados, una sucesión de mañanas y tardes iguales las unas a las otras, como si la vida en las calles hubiera ingresado en estado de latencia. Extraño que ocurriese en Buenos Aires, pero podía escucharse el silencio.

El paso de los días trajo también sonidos nuevos. Los pájaros de las plazas, las cotorras principalmente, ganaron confianza y empezaron a poblar las ramas de los árboles en las veredas. No era igual a las fotos que llegaban desde otros puntos del país, donde los carpinchos habían ganado las calles, pero la dinámica en algo se le parecía.

La parálisis duró un tiempo impreciso. Podría decirse que fue hasta que los yuyos empezaron a crecer entre las juntas de los adoquines, debajo de los autos estacionados durante semanas. Ahí fue que ese colectivo usualmente llamado “la gente”, pero que está compuesto por una innumerable cantidad de voluntades singulares, empezó a sentir cierto hormigueo. Ya no alcanzaban los programas en la tele, la conectividad, las videollamadas, la lectura o el rempocabeza. Algo adentro de esos hombres y mujeres del barrio estaba alcanzando su punto de ebullición.

Y lo que salió de adentro, en algunos casos como un proceso lento pero sin pausa, y en otros como una erupción volcánica, fue la necesidad de expresarse. La urgencia de hacer cosas con las manos, de retomar lo que habían dejado o, directamente, de emprender aquello que tenían archivado en la cuenta del debe para cuando llegara el momento adecuado. ¿Qué era eso tan incontenible? El arte.

Fue a través de las artes entonces que poco a poco algunas personas lograron empezar a canalizar angustias y deseos, a ponerle paños fríos a la incertidumbre, a dejarse llevar y descubrir que de alguna forma tenían escondido algo que realmente desconocían. Para otros la tecnología disponible fue algo así como un puente de cristal que les permitió reencontrase con una pasión, con un pasatiempo, con compañeros de mate, con profesores que además de ser docentes, son artistas.

ACORDES

“En marzo y abril me cagué de hambre. Volaron los ahorros que tenía”, cuenta Claudio Carminati, músico y profesor de armónica. Hace 30 años que intenta transmitir, paciente, la técnica y el sentimiento que hacen falta para que de ese instrumento brote la música. Como todos, Claudio Carminati sintió el impacto económico de la cuarentena, y como casi todos también pensó que el del coronavirus sería apenas un breve intervalo en su labor.

El transcurrir de las semanas le demostró que esto era algo diferente. Hacia fines de abril ocurrió un hecho fortuito al cual él se aferró como si fuera un salvavidas. “Tuve suerte –explica- Un alumno se había ido a vivir a Nueva Zelanda antes de la pandemia y surgió la idea de darle clases de armónica a distancia. Nunca lo había pensado y me parecía algo raro. Pero igual probé. Preparé la PC, descargué Skype, me compré una camarita y arranqué”.

Para su sorpresa, la primera experiencia de clases virtuales funcionó mucho mejor de lo que esperaba. “En mayo ya me di cuenta de que esto iba a durar”, reconoce Claudio Carminati. Al menos, ya no estaba tan a la deriva como en el comienzo. Un segundo golpe de suerte terminó por acomodarlo. “Un luthier muy conocido en el ambiente de la armónica, Piti Figola, me dijo que conocía un señor grande que quería aprender a tocar. Hablé con el hombre por teléfono y me preguntó: ¿Das clases por Skype? Por supueeestoooo, fue mi respuesta”.

Ahí empezó todo. Carminati, casi sin quererlo, se había subido a la ancha autopista de la virtualidad. Como ocurre con casi todo, en ese movimiento donde hubo mucho para ganar también se perdió algo. “No tener el contacto personal me impide estar ahí para marcar puntualmente lo que tiene que hacer el alumno. Uno en esto es un guía. Entonces es más difícil porque con la guitarra yo puedo agarrar los dedos y decirle, ponélos así, pero no puedo abrirle la boca al alumno. La gran pregunta entonces era cómo transmitir lo mismo, pero en la forma virtual. Creo que ha resultado una buena experiencia”, sostiene.

Por esto de que no hay mal que por bien no venga, la virtualidad les permitió a los profesores en general y a Claudio Carminati en particular, abrir las puertas de un insospechado universo. El, que vive en Santa Rita, un barrio engarzado entre La Paternal y Floresta, tiene ahora un alumno de Córdoba, otro del Conurbano, y unos cuantos que ya le han advertido que no volverán a la modalidad presencial. “Quién lo hubiera creído”, reflexiona a la distancia. Carminati señala que tiene muchos alumnos nuevos, “por ejemplo uno que es de Córdoba. Esto me dio una nueva forma de laburar. Hay otro que vive en Vicente López y ya me dijo que por la distancia prefiere seguir así. Que se estresa manejando y pierde mucho tiempo. Cuando vuelva la normalidad tendré los alumnos de siempre y, además, los virtuales. Creo que me va a ir mejor que antes. Hasta tengo un alumno que vive en Luis Guillón. ¿Cuándo iba a tener yo un alumno que se viniera desde Luis Guillón para aprender armónica?”

El método es sencillo: escribe la lección y se la envía al alumno por Whatsapp un tiempo antes de comenzar la clase. Luego trabajan juntos en el espacio virtual y cuando terminan les hace llegar un audio con el tema grabado, pero más lento, para que practiquen y pulan los errores. En esa ida y vuelta todos, de alguna manera, salen beneficiados.

PUNTO Y COMA

En los talleres literarios la intimidad manda. El grupo genera por sí mismo algo así como un efecto confianza y, al poco de andar, cada uno de los integrantes advierte que de alguna manera puede confiar en la mirada del otro. Como si se tirara al vacío sabiendo que lo van a atajar.

Ahí el docente es como un baqueano, un tipo que sabe de letras pero, al mismo tiempo, tiene la muñeca suficiente como para administrar egos, sopesar vanidades, amortiguar frustraciones. Allí los amantes de las letras amasan el ideal de ser escritores o, al menos, se acercan un poco a ese sueño. Leer frente a sus pares los textos que han escrito en soledad los denuda. Hay que despojarse de todo pudor para ser parte. Precisamente a ese clima de intensa intimidad, tan necesario, lo arrasó la pandemia como un tsunami. Otra vez, al igual que en el caso de Claudio C. y su armónica, la literatura también se tomó un tiempo para recuperarse. La cuarentena fue como un gancho al hígado que la dejó sin aire. Poco a poco, sin embargo, se puso de pie.

“La mía fue una adaptación rápida”, confiesa Santiago Llach, poeta y editor, considerado uno de los organizadores de talleres de escritura creativa más importantes del país. Paradójicamente, en esa época en la cual el tiempo parecía estirarse como chicle, el suyo apenas si entraba comprimido en una agenda. Lleva adelante 23 cursos virtuales de redacción y lectura, algo a lo que él mismo califica como “una locura”.

En su caso dar el paso hacia las clases a distancia no se trató de un recurso inesperado sino más bien de la aceleración de un proceso que ya estaba en las gateras. Llach cuenta que “por un lado me pedían desde Sociales, o bien por mail gente que vive en el interior o que está afuera, que me pasara a virtual. A mí me daba la impresión de que el clima de intimidad del taller virtual iba a ser mucho más difícil de lograr. Me resistía un poco. Y me decidí el lunes anterior a que se declarara la cuarentena”.

El movimiento, la reacción, fue veloz. Bajó hasta la esquina de su casa, compró auriculares y le avisó a los grupos que de allí en más pasarían a la modalidad virtual. “Averigüé cómo era esto de las reuniones por zoom y formé los grupos. La realidad es que de no haberlo hecho me quedaba sin trabajo. Así que pasamos todo a virtual de un momento al otro y la adaptación fue rápida”.

Vuelve a asomar, sin embargo, el fantasma de la intimidad perdida. “Es cierto que el texto también es cuerpo, es algo persona a persona. No sólo pasa por la relación mía con cada uno de los alumnos, sino por la relación que se da entre ellos. Es una cuestión grupal que yo la relaciono a cómo ha funcionado siempre la literatura, es decir como un abordaje grupal. Es cierto que está la parte solitaria de la escritura, la instancia de producción en la cual uno está solo, pero luego la literatura siempre está relacionada con lo gregario, con la bohemia de los bares y los talleres”.

En el variopinto universo de los talleres literarios han quedado grabados a fuego algunos usos y costumbres. Por ejemplo, es recordado que en los cursos que dictaba Alberto Laiseca en el comedor de su casa el mandato era tomar cerveza. Sólo cerveza. Llach reconoce que “cuando era más chico la cosa era más rockera. Estábamos hasta altas horas, por ahí hasta las 2 de la mañana con el taller, hablando de literatura, intercambiando opiniones sobre los textos. Eso fue cambiando, pero aún así hasta antes de la pandemia, en lo presencial, los grupos nocturnos solían tomar vino, se pedía comida. Era un lindo clima para trabajar. Justo este año la mayoría de los cursos eran en mi casa. Se crea un gran clima en la intimidad del living y la informalidad ayuda bastante”.

 «la literatura siempre está relacionada con lo gregario, con la bohemia de los bares y los talleres».

La virtualidad vino a marcar la cancha, a establecer otras reglas de juego. A la distancia se generan vínculos diferentes. La pregunta es si esta nueva normalidad hizo mella en la producción literaria de los alumnos o si rinden de igual manera. ¿Cuán golpeado quedó el proceso creativo? “En general sí, rinden –responde Santiago Llach-. Hay una especie de shock cultural que padecemos todos. Y esto incide en la mirada de la literatura. Ahora hay mucha crónica de la pandemia, mucha narración sobre esto que estamos viviendo”.

Sin las copas de vino compartidas, sin la risa o el cuchicheo, sin las miradas cómplices que se daban a menudo en los talleres presenciales, a algunos alumnos les cuesta sacar lo que tienen adentro. La falta de un espacio propio en sus casas también suele ser un condicionante. Entonces, cuenta Santiago Ll., están los que por pudor prefieren que otro lea su trabajo, para no hacerlo frente a la familia. Y hasta el caso de alguno que sólo lograba ponerse en situación cuando bajaba al sótano.

A la hora de vislumbrar el futuro, hay quienes creen que será igual que el pasado, pero con una dosis mayor de virtualidad. La modalidad llegó para quedarse, no sólo por comodidad sino también porque la tecnología permite alcanzar lugares insospechados. “Yo seguiría así –confiesa-, pero mis alumnos no tanto. ¿Cuándo volveremos a lo presencial? No se sabe. Esta forma de trabajar me habilitó a abrirme a otros lugares. Hay ahora gente de América Latina o España, y eso sin dudas enriquece los talleres, se trabaja el lenguaje de otra manera. Hay otros sonidos”.

COLECTIVO

La literatura entonces articula la individualidad del proceso creativo con lo gregario de compartir un texto. Cierta raíz o costumbre primitiva que nos lleva a la reunión en torno de la hoguera, a la transmisión oral de tradiciones y narraciones fantásticas. Un ADN que salta de generación en generación, pero que ahora se monta en lo etéreo de la virtualidad. En medio de todo esto también está el objeto libro, cuya alma se desdobla: permite un abordaje colectivo; es un refugio íntimo, y también hace las veces de excusa, de disparador para causas nobles.

Este es el caso de la Asociación Cultural y Biblioteca Popular Helena Larroque de Roffo, más conocida como la Cultural Roffo, ubicada en el corazón del barrio de Villa del Parque. Se trata de un lugar adonde el libro no es un fin, sino un medio. Sus instalaciones guardan más de 22.000 volúmenes. Hasta el inicio de la cuarentena la entidad brindaba cursos de idiomas, danzas, teatro, música, computación, artes marciales, ciclos de conciertos, recitales de jazz, tango y folklore, además de talleres literarios y exposiciones de artes plásticas. La comunidad bullía en esos pasillos que hoy son todo silencio. Pero si hay algo que una biblioteca centenaria sabe, al menos en este país, es justamente atravesar tiempos adversos. Así que organizarse, apelar al ingenio y la creatividad para seguir estando juntos fue casi una misma cosa. Ya lo veremos.

“Cuando se dispuso el cierre, que fue bastante abrupto, nos agarró en el tema de cerramos y vemos qué pasa”, recuerda Paula Epstein, que gusta presentarse como “bibliotecaria de corazón”. Ya habían pasado otras crisis, como fue el auge de internet que despobló las salas, así que no tardaron en reaccionar ante la pandemia. El mecanismo estaba aceitado.

“Hace mucho tiempo venimos sosteniendo una cuenta de Facebook, donde comparto saludos y demás información –dice Paula-. Esto tiene que ver con el sostener y acompañar. La gente lo ha entendido así. Compartimos entonces los saludos, actividades, juegos literarios o de estimulación cognitiva. Tenemos muchas ideas en danza”.

Reconoce, sin embargo, que las medidas restrictivas los tomaron por sorpresa y que por unos días no publicaron nada. En ese esperar para ver qué pasa, se dieron cuenta de que no había nada que esperar. Había urgencias que atender. “Los primeros días no sabía qué hacer. Después me empezó a picar la necesidad de no perder el vínculo. Es el trabajo de 28 años en la biblioteca. No podíamos perder el contacto”, remarca. Entonces, con pasta de narradora, dice que “tibiamente empezaron a asomar los mensajes”.

Fue como romper el hielo. Poco a poco la actividad virtual se puso en marcha y comenzaron los ejercicios de estimulación cognitiva, un auténtico clásico de la entidad, las citas literarias y las clases que brinda la profe de gimnasia. “La gente se prende y agradece”, dice Paula. “Para el Día del Amigo se me ocurrió dar un abrazo virtual –continúa-. Y armamos una merienda, que se repite todos los domingos a las 17. Ahí compartimos lecturas, chistes, acercamos propuestas, siempre con la idea de que sean 2 o sean 50, las actividades se hacen igual”.

Poco a poco los socios fueron saliendo del letargo. “Se fueron sumando. Participan con mucho amor. Las devoluciones son maravillosas. Es una cosa muy casera, cada uno con sus herramientas. Se trata de estar, decir presente, leer, hacer cosas espontáneas”. El mismo empuje los llevó a convocar a la escritora Adela Basch, una experta en literatura infantil –fundadora de Ediciones Abran Cancha-, que participó con la lectura de algunos textos. “La gente agradece porque se sostiene el contacto”, insiste.

Hay en la biblioteca, y sobre todo en el empeño que Paula Epstein y toda la comisión directiva le ponen a su trabajo, un afán porque el vínculo sea de carne y hueso. Algo íntimamente conectado con la afectuosidad. “Acá uno deja de ser el número de un carné o un apellido. No es lo mismo ser Gómez que ser Rodolfo”, recalca.

Lo cierto es que buena parte de la labor social que llevan adelante está enfocada en arrojarles cabos a aquellas personas a las cuales la cuarentena las ha dejado en completa soledad. Viejos vecinos del barrio, ahora recluidos y atemorizados, reciben casi diariamente los mensajes de Paula. Es como si todos los días alguien les tocara el timbre para charlar un rato.

“Hay mucha gente mayor que no maneja Facebook, ni ninguna otra red social. No están acostumbrados y por ahí no tienen quien les enseñe porque viven solos o solas. Se sienten algo desamparados. Entonces me hice una lista de Whatsapp. No un grupo, sino una lista, para que el mensaje sea personalizado. Tengo un grupo de señoras que lo agradecen tanto…”

La principal misión hoy en día es mantener los vínculos a flote. El préstamo de libros, por una cuestión sanitaria, ha quedado postergado vaya a saber uno hasta cuándo. Lo que no implica que hayan sido olvidados. Con el correr de los días las bibliotecarias fueron retirando los ejemplares en poder de los socios, y como ellos mismos, también quedaron en cuarentena. “Los limpiamos con alcohol, los meto en una bolsa con un cartelito, el apellido del socio y la fecha de devolución del ejemplar. Una vez por semana quedan en un cajón. Y ahí estarán, mínimamente hasta que abramos. Nadie tiene ninguna precisión. Hay una confusión general muy grande”, explica Paula.

Dentro de todas las molestias que ha generado la pandemia, al menos la biblioteca pudo participar de la Feria del Libro en forma virtual, evento al cual asisten para adquirir volúmenes con apoyo de la Conabip. “Tenemos un rincón infantil muy lindo y lo mantenemos actualizado, pese a todos los inconvenientes que genera la pandemia”, aclara Paula.

TRAZOS

– Acá el pastel se me hace como unos puntitos y no los puedo borrar. No sé qué pasa.

– ¿Pero no será por el papel?

– No, no es el papel. Cuando hago el pastel, no lo diluyo y lo pongo directamente en el papel, y es como que se me hace todo puntos. Puede ser que la calidad no sea buena.

– Tiene que ver mucho el gramaje del papel. Y cuando vos haces el plumeado, como recién te mostré en el otro cuadro…

Del otro lado del teléfono Viviana Kasses, artista plástica y docente, avanza con la clase en la modalidad virtual, esa nueva normalidad que lo ha venido a cambiar casi todo. Los problemas que antes, en el cara a cara, se resolvían con facilidad, ahora llevan un poco más de tiempo. Nada que no pueda ser subsanado.

La historia se repite: la lejana pandemia un día hizo pie en la Argentina y la cuarentena fue como meter el freno de mano en plena autopista. Después del parate inicial comenzaron a barajarse las alternativas para seguir adelante. “Probé varios sistemas. Con lo que me quedé, lo que mejor se adaptó a mi forma de trabajar fue zoom. Doy clases individuales, no generales”, aclara Viviana desde su bunker de Boedo.

Dice que hay otros profesores que, en cambio, les envían temas a los alumnos para trabajar en grupo, y que las clases pueden durar hasta tres horas en línea. “Yo lo hago en forma particular. Utilizo el Whatsapp web y la videollamada. El alumno me manda la foto de lo que está haciendo y de dónde lo está sacando. Si es una figura humana o gente caminando, o un objeto. Lo que hago es realizar un montaje en photoshop, y se lo muestro para que vea dibujo y foto. Así, en la pantalla, le voy indicando lo que tiene que modificar”, explica.

Oleo, acrílico, pastel, grafito, carbonilla. Todos los elementos y las técnicas pueden ser enseñados en el universo de la virtualidad. En el comienzo de la cuarentena, cuando todas las librerías y artísticas estaban cerradas, costaba hacerse de los insumos. “Trabajaban con lo que tenían en casa”, recuerda Viviana. Ahora cierta normalidad les ha permitido seguir bien provistos por el camino del arte. Es más, muchas de sus alumnas que pensaban que no iban a poder pintar más, han hallado en las clases virtuales individuales un espacio íntimo, precioso. Como si se sintieran más mimadas. “Lo que pasa es que ahora están conmigo solas –reconoce Viviana Kasses-. Ellas mismas se sienten re bien con lo que están haciendo y se nota mucho el progreso. En esta modalidad individual se sienten valoradas. Cuando hay mucha gente, en las clases presenciales, doy vueltas, cubro muchos frentes y al final les doy menos bolilla”.

Hay otra cosa que cambió en los últimos meses, algo para lo cual no hay una respuesta concreta: las alumnas dibujan más que antes. ¿Por qué ocurre eso? “Porque prefieren pintar a dibujar. Les cuesta entrar en el dibujo. De hecho no han aprovechado la modelo que teníamos disponible. Pero noto que eso cambió en las clases personalizadas”.

Cómo será el día después de la pandemia es una pregunta que se hacen todos, en todos los rubros de la vida. La virtualidad vino a descubrir una insospechada puertita, un pasadizo escondido detrás de un tapiz. Los artistas saben que en el futuro recuperarán el mano a mano, pero también aceptan que la cámara y la computadora seguirán encendidas. “A mí me gusta esta modalidad. No me molestaría seguir así. Pero hay gente muy grande a la cual le cuesta trabajar en internet”, confiesa Viviana Kasses.

Hay un común denominador para las artes en este escenario al que podría denominarse como singular o inédito: la peste los puso a todos entre la espada y la pared. Y en ese huir hacia adelante, para mantener el trabajo, para seguir ganando el mango o para mantener vivos los lazos sociales, la imaginación fue algo así como una llave maestra.

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